lunes, 31 de agosto de 2009

Ella solo intenta ser feliz,


How do you do it?
You make me feel like I do
How do you do it?
It's better than I ever knew,

martes, 25 de agosto de 2009

Febrero,


Siempre lo sé, yo siempre supe todo
Me anticipo al diario de ayer
Nadie la ve, nadie la mira como
Desde adentro yo la miré

Cuando digo que voy a volver
Me río primero (me río primero)

Todos se van y esto recién empieza
Sin testigos, mucho mejor
Un golpe más, un golpe necesario
No hay noticias en el balcón

Cuando digo que voy a volver
Me río primero
Y si digo que voy a volver
Me río primero






En el bar un vaso me habla de vos
Cada vez que se termina
Y en el bar tu mesa ya se durmió
Con las sillas arriba

Siempre es igual, tengo que soportar las
Veintiocho de ese puñal
Nadie quedó, esta ciudad se alquila
Con lo poco que el viento dejó

Y en el bar un vaso hablaba de vos
La sirena desafina
Y en el bar febrero se me pasó...

lunes, 24 de agosto de 2009

Carpe Diem *

Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi fienm di dederint, Leuconoe, nec Babilonios temptaris numeros. Ut melius quicquid erit pati!
Seu pluris hi
emes seu tribuit Iuppiter ultimam, quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare Tyrrenum, sapias, vina liques et spatio brevi spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit invida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.



No busques el final que a ti o a mí nos tienen reservado los dioses (que por otra parte es sacrilegio saberlo), oh Leuconoé, y no te dediques a investigar los cálculos de los astrólogos babilonios. ¡Vale más sufrir lo que sea! Puede ser que Júpiter te conceda varios inviernos, o puede ser que éste, que ahora golpea al mar Tirreno contra las rocas de los acantilados, sea el último; pero tú has de ser sabia, y, mientras, filtra el vino y olvídate del breve tiempo que queda amparándote en la larga esperanza. Mientras estamos hablando, he aquí que el tiempo, envidioso, se nos escapa: aprovecha el día de hoy, y no pongas de ninguna manera tu fe ni tu esperanza en el día de mañana.

"Odas" escrita por Horacio, poeta latino que nació el año 65 A.C. y murió el año 8 a.c.

domingo, 23 de agosto de 2009

Brumas en la bruma #

Dejan la cabeza en un lugar
y sube el agua con sus pies a ver
varias rocas huellas de naranja
que mañana no estarán aquí
casi medio hojas en el fuego
se lanzaron a la calle
los hermanos del amor
Claros sortilegios
desde el fondo
se proyectan en tu cuerpo real
son las brumas frescas de tu raza
las que traen el recuerdo tal vez
varias huellas en el pasto
y un mensaje entre la bruma
la cabeza en tu lugar.
Estoy entusiasmada con tu corazón,
todos los días así, toda mi vida...
Estoy iluminada con tu sencillez,
todos los días amor, toda la vida...
Dale luz al instante...
tal vez no te arrepentirás...
Dale luz al instante...
y que el cielo le responda al mar...
Dale luz al instante...
y es que nunca nunca te arrepentirás...
Estoy entusiasmada con tu río de amor, es una fuerza que une mi destino
¿cómo haré para encantarte con la canción,
que es un anhelo que dura,
lo que una brisa?

Solo dale luz al instante,
nunca te arrepentirás...
Dale luz al instante...
y que el cielo le responda al mar...
dale luz, luz, luz...
y es que nunca te arrepentirás,
dale luz al instante
tarde o temprano el tiempo se acabará...
al volver de su noche oscura,
que ya pasó...
y tú al mirarte al espejo...
tal vez querrás,
que se detenga el mundo,
solo para tí..
Y eso no puede ser,
no puede ser,
mi vida...
Solo dale luz al instante...
nunca te arrepentirás,
dale luz al instante...
y que el cielo le responda al mar,
dale luz, luz, luz...
nunca te arrepentirás...
Dale luz al instante...
sin sospecharlo el viento te arrebatará...
esa hoja escrita,
con tu mejor canción...
que ya no recordarás,
y que creías que haría,
una revolución,
sin amor...
y es que nunca funcionó...
¡Porque no puede ser,
no puede ser,
mi vida... !

sábado, 22 de agosto de 2009

#

No sos mío no estás
en mi vida
a mi lado
no comés en mi mesa
ni reís ni cantás
ni vivís para mí
somos ajenos

y yo misma
y mi casa
sos un extraño huésped
que no busca no quiere
más que una cama
a veces.
Qué puedo hacer
cedértela.
Pero yo vivo sola.
Alineación al centro

jueves, 20 de agosto de 2009

Yesterday, all my troubles seemed so far away. Now it looks as though they're here to stay.
Oh, I believe in yesterday.
Suddenly, I'm not half the woman I used to be, There's a shadow hanging over me,
Oh, yesterday came suddenly.
Why he had to go I don't know he wouldn't say. I said something wrong, Now I long for yesterday.
Yesterday, love was such an easy game to play. Now I need a place to hide away.
Oh, I believe in yesterday.
Why he had to go I don't know he wouldn't say. I said something wrong, Now I long for yesterday.
Yesterday, love was such an easy game to play. Now I need a place to hide away.
Oh, I believe in yesterday.

El río,

Y sí, parece que es así, que te has ido diciendo no sé qué cosa, que te ibas a tirar al Sena, algo por el estilo, una de esas frases de plena noche, mezcladas de sábana y boca pastosa, casi siempre en la oscuridad o con algo de mano o de pie rozando el cuerpo del que apenas escucha, porque hace tanto que apenas te escucho cuando dices cosas así, eso viene del otro lado de mis ojos cerrados, del sueño que otra vez me tira hacia abajo. Entonces está bien, qué me importa si te has ido, si te has ahogado o todavía andas por los muelles mirando el agua, y además no es cierto porque estás aquí dormida y respirando entrecortadamente, pero entonces no te has ido cuando te fuiste en algún momento de la noche antes de que yo me perdiera en el sueño, porque te habías ido diciendo alguna cosa, que te ibas a ahogar en el Sena, o sea que has tenido miedo, has renunciado y de golpe estás ahí casi tocándome, y te mueves ondulando como si algo trabajara suavemente en tu sueño, como si de verdad soñaras que has salido y que después de todo llegaste a los muelles y te tiraste al agua. Así una vez más, para dormir después con la cara empapada de un llanto estúpido, hasta las once de la mañana, la hora en que traen el diario con las noticias de los que se han ahogado de veras.
Me das risa, pobre. Tus determinaciones trágicas, esa manera de andar golpeando las puertas como una actriz de tournées de provincia, uno se pregunta si realmente crees en tus amenazas, tus chantajes repugnantes, tus inagotables escenas patéticas untadas de lágrimas y adjetivos y recuentos. Merecerías a alguien más dotado que yo para que te diera la réplica, entonces se vería alzarse a la pareja perfecta, con el hedor exquisito del hombre y la mujer que se destrozan mirándose en los ojos para asegurarse el aplazamiento más precario, para sobrevivir todavía y volver a empezar y perseguir inagotablemente su verdad de terreno baldío y fondo de cacerola. Pero ya ves, escojo el silencio, enciendo un cigarrillo y te escucho hablar, te escucho quejarte (con razón, pero qué puedo hacerle), o lo que es todavía mejor me voy quedando dormido, arrullado casi por tus imprecaciones previsibles, con los ojos entrecerrados mezclo todavía por un rato las primeras ráfagas de los sueños con tus gestos de camisón ridículo bajo la luz de la araña que nos regalaron cuando nos casamos, y creo que al final me duermo y me llevo, te lo confieso casi con amor, la parte más aprovechable de tus movimientos y tus denuncias, el sonido restallante que te deforma los labios lívidos de cólera. Para enriquecer mis propios sueños donde jamás a nadie se le ocurre ahogarse, puedes creerme.
Pero si es así me pregunto qué estás haciendo en esta cama que habías decidido abandonar por la otra más vasta y más huyente. Ahora resulta que duermes, que de cuando en cuando mueves una pierna que va cambiando el dibujo de la sábana, pareces enojada por alguna cosa, no demasiado enojada, es como un cansancio amargo, tus labios esbozan una mueca de desprecio, dejan escapar el aire entrecortadamente, lo recogen a bocanadas breves, y creo que si no estaría tan exasperado por tus falsas amenazas admitiría que eres otra vez hermosa, como si el sueño te devolviera un poco de mi lado donde el deseo es posible y hasta reconciliación o nuevo plazo, algo menos turbio que este amanecer donde empiezan a rodar los primeros carros y los gallos abominablemente desnudan su horrenda servidumbre. No sé, ya ni siquiera tiene sentido preguntar otra vez si en algún momento te habías ido, si eras tú la que golpeó la puerta al salir en el instante mismo en que yo resbalaba al olvido, y a lo mejor es por eso que prefiero tocarte, no porque dude de que estés ahí, probablemente en ningún momento te fuiste del cuarto, quizá un golpe de viento cerró la puerta, soñé que te habías ido mientras tú, creyéndome despierto, me gritabas tu amenaza desde los pies de la cama. No es por eso que te toco, en la penumbra verde del amanecer es casi dulce pasar una mano por ese hombro que se estremece y me rechaza. La sábana te cubre a medias, mis manos empiezan a bajar por el terso dibujo de tu garganta, inclinándome respiro tu aliento que huele a noche y a jarabe, no sé cómo mis brazos te han enlazado, oigo una queja mientras arqueas la cintura negándote, pero los dos conocemos demasiado ese juego para creer en él, es preciso que me abandones la boca que jadea palabras sueltas, de nada sirve que tu cuerpo amodorrado y vencido luche por evadirse, somos a tal punto una misma cosa en ese enredo de ovillo donde la lana blanca y la lana negra luchan como arañas en un bocal. De la sábana que apenas te cubría alcanzo a entrever la ráfaga instantánea que surca el aire para perderse en la sombra y ahora estamos desnudos, el amanecer nos envuelve y reconcilia en una sola materia temblorosa, pero te obstinas en luchar, encogiéndote, lanzando los brazos por sobre mi cabeza, abriendo como en un relámpago los muslos para volver a cerrar sus tenazas monstruosas que quisieran separarme de mí mismo. Tengo que dominarte lentamente (y eso, lo sabes, lo he hecho siempre con una gracia ceremonial), sin hacerte daño voy doblando los juncos de tus brazos, me ciño a tu placer de manos crispadas, de ojos enormemente abiertos, ahora tu ritmo al fin se ahonda en movimientos lentos de muaré, de profundas burbujas ascendiendo hasta mi cara, vagamente acaricio tu pelo derramado en la almohada, en la penumbra verde miro con sorpresa mi mano que chorrea, y antes de resbalar a tu lado sé que acaban de sacarte del agua, demasiado tarde, naturalmente, y que yaces sobre las piedras del muelle rodeada de zapatos y de voces, desnuda boca arriba con tu pelo empapado y tus ojos abiertos.

lunes, 17 de agosto de 2009

_

Mi mamá siempre dice que hay que cerrar círculos. Todo lo que se emprende, se empieza, debe tener un final, una conclusión. Es prácticamente elemental e indispensable que esto se lleve a cabo porque si no es inevitable que se remate atropelladamente. No es cuestión de ir abriendo círculos por ahí inconscientemente, pongámonos de acuerdo querido lector. Pero espere, no es tiempo aun de sacar conclusiones. Primero lea la situación, siga la pista, escrute, fisgonee, indague. Cada círculo tiene un final, individual y único.

Debería aclarar que todos los concluyentes tienen algún círculo del que corresponden, salvo uno. La excepción de la regla, pese a quien le pese. Dejar de lado, entre renglones, borrar, desconocer, marginar, tomarse un lexotanil, perder el hilo, el Alzheimer consentido. Antes que eso les recomendaría que caigan una a una las lágrimas, cierren los ojos, especulen, premediten y después dejen pasar unos días. Si es posible en esos días ilusiónense vanamente y superfluamente de que de repente el círculo de un giro (valga la redundancia) y que vuelva a empezar en vez de terminar. Claro, justo ustedes, los que tan astutos se creían vienen a considerar virtualmente factible el hecho de que eso suceda. ¿Ven que nunca aprenden argentinos ignorantes hijos de lo cómodo? El último paso sería desplegar, proceder con lo decidido y de una vez por todas vencer y acabar el famoso círculo.

Hoy, termina otro de mis círculos. ¿Asique esto fue todo? ¿Ahora hay que sonreír y desearle suerte a gente que ya no es nada (casi nada)? Podría decir la verdad, contradecirme con todo lo que acabo de decir y confesarles de que no estoy segura, pero mejor digamos que es lo que hay. Mi circulo termina así, sabiendo que di lo mejor de mí que podría haber dado, no escatimé en nada nunca ni mucho menos y principalmente deje de lado el orgullo (y eso es decir mucho). Suerte.

(Debería agregar que todo final de círculo concluye irreverentemente con el comienzo de otro y esa es la mejor parte)

sábado, 15 de agosto de 2009

todo vuelve a mi una vez mas,

Sin querer, te lastimé.
Sin querer,
te abandoné.
Sólo sé que yo no sé,
cuidarte de mi amor.

Necesito tu perdón,
necesito verte hoy.
Sólo sé que yo no sé,
cuidarte de mi amor.
Si al final, siempre el tiempo se va,
donde caen los días.
Si al final,
abrazarse al dolor,
no nos deja brillar.
Dime que será,
qué será de los dos
cuando pase la vida?

Algo ocurrirá,
tengo una sensación,
una carta guardadda,
un buen signo del sol.
Nada es para siempre,
nada es para siempre.
No me digas mi amor,
que te falta valor,
porque nada es para siempre.
Si pudieramos hablar,
si pudieramos dejarlo.

Vos sabés que yo no sé,
cuidarte de mi amor.
Otra vez me equivoqué,
otra vez te abandoné.
Vos sabés que yo no sé,
cuidarte de mi amor.
El azar nos permite cambiar
nuestro incierto destino.
El temor que nos puede vencer
sin mirar más allá.
Yo creo que al final,
nunca sé dónde voy,
pero sigo un camino.
Algo ocurrirá, tengo la sensación,
una carta marcada,
un buen signo del sol.
Nada es para siempre,
nada es para siempre,
no me digas mi amor,
que te falta valor, porque nada es para siempre.
Nada es para siempre
mada es para siempre,
Si tu risa escapó,
si no escuchas mi voz.
Sabés, nada es para siempre...
Todo vuelve a mí,
una vez más.
Todo vuelve a mí, una vez más...
Una vez más, me aliviarás, me aliviarás...
Todo vuelve a mí una vez más,
todo vuelve a mí, una vez más...
Tan cerca de mí, un vez más...

martes, 11 de agosto de 2009

Capitulo 20, rayuela

-Siempre me sospeche que acabarías acostándote con él -dijo Oliveira.
La Maga tapó a su hijo que berreaba un poco menos, y se frotó las manos con un algodón.
-Por favor laváte las manos como Dios manda -dijo Oliveira-. Y sacá toda esa porquería de ahí.
-En seguida -dijo la Maga. Oliveira aguantó su mirada (lo que siempre le costaba bastante) y la Maga trajo un diario, lo abrió sobre la cama, metió los algodones, hizo un paquete y salió de la pieza para ir a tirarlo al water del rellano. Cuando volvió, con las manos rojas y brillantes, Oliveira le alcanzó su mate. Se sentó en el sillón bajo, chupó aplicadamente. Siempre estropeaba el mate, tirando de un lado y del otro la bombilla, revolviéndola como si estuviera haciendo polenta.
-En fin- dijo Oliveira, sacando el humo por la nariz-. De todos modos me podían haber avisado. Ahora voy a tener seiscientos francos de taxi para llevarme mis cosas a otro lado. Y conseguir una pieza, que no es fácil en esta época.
-No tenés por qué irte -dijo la Maga-. ¿Hasta cuándo vas a seguir imaginando falsedades?
-Imaginando falsedades -dijo Oliveira-. Hablás como en los diálogos de las mejores novelas rioplatenses. Ahora solamente te falta reírte con todas las vísceras de mi grotesquería sin pareja, y la rematás fenómeno.
-Ya no llora más -dijo la Maga, mirando hacia la cama-. Hablemos bajo, va a dormir muy bien con la aspirina. Yo no me he acostado para nada con Gregorovius.
-Oh sí que te has acostado.
-No, Horacio. ¿Por qué no te iba a decir? Desde que te conocí no he tenido otro amante que vos. No me importa si lo digo mal y te hacen reír mis palabras. Yo hablo como puedo, no sé decir lo que siento.
-Bueno, bueno -dijo aburrido Oliveira, alcanzándole otro mate-. Será que tu hijo te cambia, entonces. Desde hace días estás convertida en lo que se llama una madre.
-Pero Rocamadour está enfermo.
-Más bien - dijo Oliveira-. Qué querés, a mi los cambios me parecieron en otro orden. En realidad ya no nos aguantamos demasiado.
-Vos sos el que no me aguanta. Vos sos el que no aguantás a Rocamadour.
-Eso es cierto, el chico no entraba en mis cálculos. Tres es mal número dentro de una pieza. Pensar que con Ossip ya somos cuatro, es insoportable.
-Ossip no tiene nada que ver.
-Si calentaras la pavita -dijo Oliveira.
-No tiene nada que ver -repitió la Maga-. ¿Por qué me hacés sufrir, bobo? Ya sé que estás cansado, que no me querés más. Nunca me quisiste, era otra cosa una manera de soñar. Andate, Horacio, no tenés por qué quedarte. A mi ya me ha pasado tantas veces... Miró hacia la cama. Rocamadour dormía.
-Tantas veces -dijo Oliveira, cambiando la yerba-. Para la autobiografía sentimental sos de una franqueza admirable. Que lo diga Ossip. Conocerte y oír enseguida la historia del negro es todo uno.
-Tengo que decirlo, vos no comprendés.
-No lo comprenderé, pero es fatal.
-Yo creo que tengo que decirlo aunque sea fatal. Es justo que uno le diga a un hombre como ha vivido, si lo quiere. Hablo de vos, no de Ossip. Vos me podías contar o no de tus amigas, pero tenía que decirte todo. Sabés, es la única manera de hacerlos irse antes de empezar a querer a otro hombre, la única manera de que pasen al otro lado de la puerta y nos dejen a los dos solos en la pieza.
-Una especie de ceremonia expiatoria, y por qué no propiciatoria. Primero el negro.
-Sí -dijo la Maga, mirándolo-. Primero el negro. Después Ledesma.
-Después Ledesma, claro.
-Y los tres del callejón, la noche de carnaval.
-Por delante -dijo Oliveira, cebando el mate.
-Y monsieur Vincent, el hermano del hotelero.
-Por detrás.
-Y un soldado que lloraba en un parque..
-Por delante.
-Y vos.
-Por detrás. Pero eso de ponerme a mi en la lista estando yo presente es como una confirmación de mis lúgubres premoniciones. En realidad la lista completa se la habrás tenido que recitar a Gregorovius.
La Maga revolvía la bombilla. Había agachado la cabeza y todo el pelo le cayó de golpe sobre la cara, borrando la expresión que Oliveira había espiado con aire indiferente.

Después fuiste la amiguita
de un viejo boticario,
y el hijo de un comisario
todo el vento te sacó...

Oliveira canturreaba el tango. La Maga chupó la bombilla y se encogió de hombros, sin mirarlo. -Pobrecita-, pensó Oliveira. Le tiró un manotón al pelo, echándoselo para atrás brutalmente como si corriera una cortina. La bombilla hizo ruido seco entre los dientes.
-Es casi como si me hubieras pegado -dijo la Maga, tocándose la boca con los dedos que temblaban-. A mi no me importa, pero...
-Por suerte te importa -dijo Oliveira-.. Si no me estuvieras mirando así te despreciaría. Sos maravillosa, con Rocamadour y todo.
-De qué me sirve que me digas eso.
-A mi me sirve.
-Si, a vos te sirve. A vos todo te sirve para lo que andás buscando.
-Querida -dijo gentilmente Oliveira-, las lágrimas estropean el gusto de la yerba, es sabido.
-A lo mejor también te sirve que yo llore.
-Si, en la medida en que me reconozco culpable.
-Andáte, Horacio, va a ser lo mejor.
-Probablemente. Fijáte, de todas maneras, que si me voy ahora cometo algo que se parece casi al heroísmo, es decir que te dejo solo, sin plata y con tu hijo enfermo.
-Sí -dijo la Maga sonriendo homéricamente entre lágrimas-. Es casi heroico, cierto.
-Y como disto de ser un héroe, me parece mejor quedarme hasta que sepamos a qué atenernos, como dice mi hermano con su bello estilo.
-Entonces quedáte.
-¿Pero vos comprendés cómo y por qué renuncio a ese heroísmo?
-Si, claro.
-A ver, explicá por qué no me voy.
-No te vas porque sos bastante burgués y tomás en cuenta que pensarían Ronald y Babs y los otros amigos.
-Exacto. Es bueno que veas que vos no tenés nada que ver en mi decisión. No me quedo por solidaridad ni por lástima ni porque hay que darle la mamadera a Rocamadour. Y mucho menos porque vos y yo tengamos todavía algo en común.
-Sos tan cómico a veces -dijo la Maga.<
-Por supuesto -dijo Oliveira-. Bob Hope es una mierda al lado mío.
-Cuando decís que ya no tenemos nada en común, ponés la boca de una manera...
-Un poco así, ¿verdad?
-Si, es increíble.
Tuvieron que sacar los pañuelos y taparse la cara con las dos manos, soltaban tales carcajadas que Rocamadour se iba a despertar, era algo horrible. Aunque Oliveira hacía lo posible por sostenerla, mordiendo el pañuelo y llorando de risa, la Maga resbaló poco a poco del sillón, que tenía las patas delanteras más cortas y la ayudaba a caerse, hasta quedar enredada entre las piernas de Oliveira que se reía con un hipo entrecortado y que acabó escupiendo el pañuelo con una carcajada.
-Mostrá otra vez cómo pongo la boca cuando digo esas cosas -suplicó Oliveira.
-Así -dijo la Maga, y otra vez se retorcieron hasta que Oliveira se dobló en dos apretándose la barriga, y la Maga vio su cara contra la suya, los ojos que la miraban brillando entre lágrimas. Se besaron al revés, ella hacia arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban besando bocas diferentes, buscándose con las manos en un enredo infernal de pelo colgando y el mate que se había volcado al borde de la mesa y chorreaba en la falda de la Maga.
-Decime cómo hace el amor Ossip -murmuró Oliveira, apretando los labios contra los de la Maga-. Pronto que se me sube la sangre a la cabeza, no puedo seguir así, es espantoso.
-Lo hace muy bien -dijo la Maga mordiéndose el labio-. Muchísimo mejor que vos y más seguido.
-¿Pero te retila la murta? No me vayas a mentir. ¿Te la retila de veras?
-Muchísimo. Por todas partes, a veces demasiado. Es una sensación maravillosa.
-¿Y te hace poner con los plíneos entre las argustas?
-Sí, y después nos entreturnamos los porcios hasta que él dice basta basta, y yo tampoco puedo más, hay que apurarse comprendés. Pero eso vos no lo podés comprender, siempre te quedás en la gunfia más chica.
-Yo y cualquiera -rezongó Oliveira, enderezándose-. Che, este mate es una porquería, yo me voy un rato a la calle.
-¿No querés que te siga contando de Ossip? -dijo la Maga-. En glíglico.
-Me aburre mucho el glíglico. Además vos no tenés imaginación, siempre decís las mismas cosas. La gunfia, vaya novedad. Y no se dice -contando de-.
-El glíglico lo inventé yo -dijo resentida la Maga-. Vos soltás cualquier cosa y te lucís, pero no es el verdadero glíglico.
-Volviendo a Ossip...
-No seas tonto, Horacio, te digo que no me he acostado con él. ¿Te tengo que hacer el gran juramento de los sioux?
-No, al final me parece que te voy a creer.
-Y después -dijo la Maga- lo más probable es que acabe por acostarme con Ossip, pero serás vos el que lo habrá querido.
-¿Pero a vos realmente te puede gustar ese tipo?
-No. Lo que pasa es que hay que pagar la farmacia. De vos no quiero ni un centavo, y a Ossip no le puedo pedir plata y dejarlo con las ilusiones.
-Sí, ya sé -dijo Oliveira-. Tu lado samaritano. Al soldadito del parque tampoco lo podías dejar que llorara.
-Tampoco, Horacio. Ya ves lo distintos que somos.
-Sí, la piedad no es mi fuerte. Pero también yo podría llorar en una de esas, y entonces vos...
-No te veo llorando -dijo la Maga-. Para vos sería como un desperdicio.
-Alguna vez he llorado.
-De rabia, solamente. Vos no sabés llorar, Horacio, es una de las cosas que no sabés.
Oliveira atrajo a la Maga y la sentó en las rodillas. pensó que el olor de la Maga, de la nuca de la Maga, lo entristecía. Ese mismo olor que antes... -Buscara través de-, pensó confusamente.
-Sí, es una de las cosas que no sé hacer, eso y llorar y compadecerme.-
-Nunca nos quisimos -le dijo besándola en el pelo.
-No hablés por mí -dijo la Maga cerrando los ojos-. Vos no podés saber si yo te quiero o no. Ni siquiera eso podés saber.
-¿Tan ciego me crees?
-Al contrario, te haría tanto bien quedarte un poco ciego.
-Ah, sí, el tacto que reemplaza las definiciones, el instinto que va más allá de la inteligencia. la vía mágica, la noche oscura del alma.
-Te haría bien -se obstinó la Maga como cada vez que no entendía y quería disimularlo.
-Mirá, con lo que tengo me basta para saber que cada uno puede irse por su lado. Yo creo que necesito estar solo, Lucía; realmente no sé que voy a hacer. A vos y a Rocamadour, que me parece que se está despertando, les hago la injusticia de tratarlos mal y no quiero que siga.
-Por mí y por Rocamadour no te tenés que preocupar.
-No me preocupo pero andamos los tres enredándonos en los tobillos del otro, es incómodo y antiestético. Yo no seré lo bastante ciego, querida, pero el nervio óptico me alcanza para ver que vos te vas a arreglar perfectamente sin mí. Ninguna amiga mía se ha suicidado hasta ahora, aunque mi orgullo sangre al decirlo.
-Si, Horacio.
-De manera que si consigo reunir suficiente heroísmo para plantarte esta misma noche o mañana, aquí no ha pasado nada.
-Nada -dijo la Maga.
-Vos le llevarás de nuevo tu chico a maadame Irène, y volverás a París a seguir tu vida.
-Eso.
-Irás mucho al cine, seguirás leyendo novelas, te pasearás con riesgo de tu vida en los peores barrios y a las peores horas.
-Todo eso.
-Encontrarás muchísimas cosas extrañas en la calle, las traerás, fabricarás objetos. Wong te enseñará juegos malabares y Ossip te seguirá a dos metros de distancia, con las manos juntas y una actitud de humilde reverencia.
-Por favor, Horacio -dijo la Maga, abrazándose a él y escondiendo la cara.
-Por supuesto que nos encontraremos mágicamente en los sitios más extraños, como aquella noche en la Bastille, te acordás.
-En la rue Daval.
-Yo estaba bastante borracho y vos apareciste en la esquina y nos quedamos mirándonos como idiotas.
-Porque yo creía que esa noche vos ibas a un concierto.
-Y vos me habías dicho que tenías cita con madame Leónie.
-Por eso nos hizo tanta gracia encontrarnos en la rue Daval.
-Vos llevabas el pulóver verde y te habías parado en la esquina a consolar a un pederasta.
-Lo habían echado a golpes del café, y lloraba de una manera.
-Otra vez me acuerdo que nos encontramos cerca del Quai de Jemmapes.
-Hacía calor -dijo la Maga.
-Nunca me explicaste bien qué andabas buscando por el Quai de Jemmapes.
-Oh, no buscaba nada.
-Tenías una moneda en la mano.
-Me la encontré en el cordón de la vereda. Brillaba tanto.
-Y después fuimos a la Place de la Republiqué donde estaban los saltimbanquis, y nos ganamos una caja de caramelos.
-Eran horribles.
-Y otra vez yo salía del metro Mouton-Duvernet, y vos estabas sentada en la terraza de un café con un negro y un filipino.
-Y vos nunca me dijiste que tenías que hacer por el lado de Mouton-Duvernet.
-Iba a lo de una pedicura -dijo Oliveira-.Tenía una sala de espera empapelada con escenas entre violeta y solferino: góndolas, palmeras, y unos amantes abrazados a la luz de la luna. Imaginátelo repetido quinientas veces en tamaño doce por ocho.
-Vos ibas por eso, no por los callos.
-No eran callos, hija mía. Una auténtica verruga en la planta del pie. Avitaminosis, parece.
-¿Se te curó bien? -dijo la Maga, levantando la cabeza y mirándolo con gran concentración.
A la primera carcajada Rocamadour se despertó y empezó a quejarse. Oliveira suspiró, ahora iba a repetirse la escena, por un rato sólo vería a la Maga de espaldas, inclinada sobre la cama, las manos yendo y viniendo. Se puso a sebar mate, a armar un cigarrillo. No quería pensar. La Maga fue a lavarse las manos y volvió. Tomaron un par de mates casi sin mirarse.
-Lo bueno de todo esto -dijo Oliveira- es que no le damos calce al radioteatro. No me mires así, si pensás un poco te vas a dar cuenta de lo que quiero decir.
-Me doy cuenta -dijo la Maga-. No es por eso que te miro así.
-Ah, vos creés que...
-Un poco, sí. pero mejor no volver a hablar.
-Tenés razón. Bueno, me parece que mevoy a dar una vuelta.
-No vuelvas -dijo la Maga.
-En fin, no exageremos -dijo Oliveira-. ¿Dónde querés que me vaya a dormir? una cosa son los nudos gordianos y otra el céfiro que sopla en la calle, debe haber cinco grados bajo cero.
-Va a ser mejor que no vuelvas, Horacio -dijo la Maga-. Ahora me resulta fácil decírtelo. Comprendé.
-En fin -dijo Oliveira-. Me parece que nos apuramos a congratularnos por nuestro savoir faire.
-Te tengo tanta lástima, Horacio.
-Ah, eso no. Despacito, ahí.
-Vos sabés que yo a veces veo. Veo tan claro. Pensar que hace una hora se me ocurrió que lo mejor era ir a tirarme al río.
-La desconocida del Sena... Pero si vos nadás como un cisne.
-Te tengo lástima -insistió la Maga-. Ahora me doy cuenta. La noche que nos encontramos detrás de Notre-Dame también vi que... Pero no lo quise creer. Llevabas una camisa azul tan preciosa. Fue la primera vez que fuimos juntos a un hotel, ¿verdad?
-No, pero es igual. Y vos me enseñaste a hablar en glíglico.
-Si te dijera que todo eso lo hice por lástima.
-Veamos -dijo Oliveira, mirándola sobresaltado.
-Esa noche vos corrías peligro. Se veía, era como una sirena a lo lejos... no se puede explicar.
-Mis peligros son sólo metafísicos -dijo Oliveira-. Créeme, a mí no me van a sacar del agua con ganchos. Reventaré de una oclusión intestinal, de la gripe asiática o de un Peugeot 403.
-No sé -dijo la Maga-. Yo pienso a veces en matarme pero veo que no lo voy a hacer. No creas que es solamente por Rocamadour, antes de él era lo mismo. La idea de matarme me hace siempre bien. Pero vos, que no lo pensás... ¿Por qué decís: peligros metafísicos? También hay ríos metafísicos, Horacio. Vos te vas a tirar a uno de esos ríos.
-A lo mejor -dijo Oliveira- eso es el Tao.
-A mí me pareció que yo podía protegerte. No digas nada. En seguida me di cuenta de que no me necesitabas. Hacíamos el amor como dos músicos que se juntan para tocar sonatas.
-Precioso, lo que decís
-Era así, el piano iba por su lado y el violín por el suyo y de eso salía la sonata, pero ya ves, en el fondo no nos encontrábamos. Me di cuenta en seguida, Horacio, pero las sonatas eran tan hermosas.
-Si, querida.
-Y el glíglico.
-Vaya.
-Y todo, el Club, aquella noche en el Quai de Bercy bajo los árboles, cuando cazamos estrellas hasta la madrugada y nos contamos historias de príncipes, y vos tenías sed y compramos una botella de espumante carísimo, y bebimos a la orilla del río.
-Y entonces vino un clochard -dijo Oliveira- y le dimos la mitad de la botella.
-Y el clochard sabía una barbaridad, latín y cosas orientales, y vos le discutiste algo de...
-Averroes, creo.
-Si, Averroes.
-Y la noche que el soldado me tocó el traste en la Foire du Trône, y vos le diste una trompada en la cara, y nos metieron presos a todos.
-Que no oiga Rocamadour -dijo Oliveira riéndose.
-Por suerte Rocamadour no se acordará nunca de vos, todavía no tiene nada detrás de los ojos. Como los pájaros que comen las migas que uno les tira. Te miran, las comen, se vuelan... No queda nada.
-No -dijo Oliveira-. No queda nada.
En el rellano gritaba la del tercer piso, borracha como siempre a esa hora. Oliveira miró vagamente hacia la puerta, pero la Maga lo apretó contra ella, se fue resbalando hasta ceñirle las rodillas, temblando y llorando.
-¿Por qué te afligís así? -dijo Oliveira-. Los ríos metafísicos no pasan por cualquier lado, no hay que ir muy lejos a encontrarlos. Mirá, nadie se habrá ahogado con tanto derecho como yo, monona. Te prometo una cosa: acordarme de vos a último momento para que sea todavía más amargo. Un verdadero folletín, con tapa en tres colores.
-No te vayas -murmuró la Maga, apretándole las piernas.
-Una vuelta por ahí, nomás.
-No, no te vayas.
-Dejáme. Sabés muy bien que voy a volver, por lo menos esta noche.
-Vamos juntos -dijo la Maga-. Ves, Rocamadour duerme, va a estar tranquilo hasta la hora del biberón. tenemos dos horas, vamos al café del barrio árabe, ese cafecito triste donde se está tan bien.
Pero Oliveira quería salir solo. Empezó a librar poco a poco las piernas del abrazo de la Maga. Le acariciaba el pelo, le pasó los dedos por el collar, la besó en la nuca, detrás de la oreja, oyéndola llorar con todo el pelo colgándole en la cara. -Chantajes no-, pensaba. -Lloremos cara a cara, pero no ese hipo barato que se aprende en el cine.- Le levantó la cara, la obligó a mirarlo.
-El canalla soy yo -dijo Oliveira-. Dejáme pagar a mí. Llorá por tu hijo, que a lo mejor se muere, pero no malgastes las lágrimas conmigo. Madre mía, desde los tiempos de Zola no se veía una escena semejante. Dejáme salir, por favor.
-¿Por qué? -dijo la Maga, sin moverse del suelo, mirándolo como un perro.
-¿Por qué que?
-¿Por qué?
-Ah, vos querés decir por qué todo esto. Andá a saber, yo creo que ni vos ni yo tenemos demasiado la culpa. No somos adultos, Lucía. Es un mérito pero se paga caro. Los chicos se tiran siempre de los pelos después de haber jugado. Debe ser algo así. Habría que pensarlo.

domingo, 9 de agosto de 2009

Si morir es el final
al menos queda el pensamiento
De que al partir renacerás
¿se tarta de olvidar, se trata de no ver?

Y no deseo más que mi locura

¿A dónde vas, en donde estás?
¿No ves que no todo se derrumba a mi
alrededor?
Sentir, sentir que la verdad
se trata de olvidar,
se trata de no ver.


Y no deseo más que mi locura, para hacerlo
Hay cosas que te matan o te curan con el tiempo
somos agua de lo mismo.

Si morir es el final
al menos queda lo que siento

sentir que la verdad
¿se trata de olvidar, se trata de no ver?

Y no deseo más que mi locura, para hacerlo
Hay cosas que te matan o te curan con el tiempo
Somos agua de lo mismo

jueves, 6 de agosto de 2009

hola pequeño ser,


Hola pequeño ser lo que amaba en vos ya no lo encuentro más No no pequeño ser si tu mente se escapa tienes que parar y aprender a vivir de lo que vos pensás ya se acerca ya la sombra del trueno en la mesa está la araña de fiebre nadie quiere ya las flores del campo y en la tumba estás helado de llanto y no podés más

domingo, 2 de agosto de 2009

Árbol, oja, salto, luz,
aproximación,
mueble, lana, gusto, pie,
te, marcas, miradas

Nube, loba, dedo, cal,
gesticulador,
hijo, cama, menta, sien,
rey, fin, sol, amigo, cruz.

Alga, dado, cielo, riel,
estalactita, mirador, corazón.

Hombre, rayo, felpa, sed
extremidad, inslación, parecer.

Clavo, coito, Dios
temor, mujer, por.